Recuerdos del mar

Aunque  por una lado añoraba mi pueblo, los amigos, la casa de mis padres, los largos y calurosos días de final verano vareando los almendros a los pies de la sierra…, por otro, había conocido de la mano de Paula, cosas que jamás hubiera podido imaginar: amistades, historias de lugares en los que nunca había estado, edificios gigantescos, museos, monumentos… gente, mucha gente; camiones, coches, barcos de pesca, gaviotas… y el mar. El mar como nunca antes pensé que pudiera llegar a ser. Había estado algunas veces en la playa de San Juan, en Santa Pola, e incluso en la lejana Calpe, pero cuando llegué a La Coruña, -“A Coruña” como dicen allí-, realmente descubrí la verdadera inmensidad de la gigantesca masa azul: su fuerza, su bravura, su inmensidad… su suavidad, su atardecer… su poder. El poder de arrastrar en un instante hasta sus entrañas una goleta con veinte marineros por la mañana, y de acompañar dulcemente los últimos reflejos del atardecer, acariciando con destreza los pies de dos enamorados besuqueándose en aquella playa de Cayón a media tarde, rodeados a distancia por algodonadas gaviotas.
04/10/2007 21:51

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