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23/05/2007
Luna
Luna, luna…
Luna por favor, mece mis sueños.
Luna, que bonitas son tus lágrimas,
Luna, que agradable es tu frescor
cuando todo lo iluminas
en las noches de cri cri.
Me recuerdan a las rosas,
me ablandece el corazón.
Turbia la noche tapa
sobre la mar tu perfil,
vientos fatales arrecian,
con el afán de impedir
el reflejo de tu rostro.
Sobre el poder majestuoso
que pretendieron hundir,
(bajeles y pecios huían
por este y otro confín),
al amparo de tu gesto.
Pero a menudo las olas
mienten a la oscuridad,
en arrebatos de rabia
lentamente se deslizan
cabecitas de alma blanca
silenciosas de alhelí,
y te permiten a ti,
luna blanca, luna gris,
llorar a la luz del alba
con tus perlas de jazmín,
alumbrar la noche oscura
a los marinos perdidos,
devolverme aquel suspiro
que una noche te pedí.
Luna, luna…
Luna por favor, mece mis sueños.
24/05/2007
Luz blanca
He visto una luz. Y la sigo. Su áurea me embelesa, me da calor; me da frío. Me cobijo en ella. Me regocijo entre mis propios sueños, húmedo y terso. No siento nada. Mi cuerpo es la propia nada… pero soy feliz. Corro entre los campos de cebada que el suave viento ordenadamente ondea. Tremendas olas que tornan los verdes a amarillos del sembrado, recorren toda la extensión tras nosotros. Canela corre junto a mi juguetona y saltarina. Es más agradecida que yo y que el resto de los mortales, mientras retoza conmigo entre las finas y dejaderas espigas.
Ahora la luz se relaja, permite que algunas sombras me dejen entrever el joven que fui. Ángela se sienta junto a mi… El río baja suave en la cálida tarde de junio. Giro la cabeza para decir algo que ni siquiera sabía que saldría de mis labios pero no me da tiempo. Me besa levemente en un gesto fugaz que hace ondear sus coletas rubias, engalanadas con dos amplios lazos rosados. Sonreímos. No sabemos qué hacer, qué decir, qué sentir…
La luz palidece por momentos. Los recuerdos se turbian en mi mente y suceden cada vez más suaves, lentos, incoloros… perdidos.
Ahora se que el viaje ha terminado. Ahora se que estoy muerto, congelado entre el esqueleto de un maltrecho trineo abandonado.
A Roald Amundsen y R. F. Scot.

