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Pubertad
El Mar Menor está serio esta tarde. Las nubes, frías y oscuras como un entierro en noviembre, ni siquiera permiten asomar un atisbo del clareado reflejo del sol sobre las crestas de las olas. La espuma, aparece y desaparece abundante y dispersa, rápida como siempre que el lebeche la acuna. Porque aquí, las olas no rompen voluptuosas contra la playa. Ni siquiera su estruendo retumba entre ecos resultantes de un bramido que se va formando poco a poco, desde la nada, hasta acabar en el tibio siseo de la caricia que suele dejar sobre la arena.
Me imagino a Ángeles desnuda. El frío y la humedad que me recorren de abajo a arriba, contrastan con el cálido pensamiento que evoca la última clase de gimnasia del colegio.
¡Pam! ¡Pam, pam!
Papá, tieso sobre la proa, como figurita de plomo, dispara hasta que abate a uno de los oscuros patos que sobrevuelan la laguna.
¡Afloja!- dice.
Cuando agoto suavemente el recorrido de la palanca, el ruido del mar se come el ligero ronroneo del motor. Dios, cómo suena el mar. Cómo escucho al viento, aleteando mojado y frío la capucha del impermeable contra mi cuello.
-¡A estribor, a estribor!, debe estar por allí… ¡coge el salabre!, creo que lo he visto.
Alegro las revoluciones y encaro hacia el viento con un suave giro la motora.
El Mar Menor está oscuro esta tarde. Los serios golpes que imprime al casco de la lancha, retumban infrecuentes sobre el mejor de mis pensamientos. Y permito que los senos, que deslizan mi obsesión entre ola y ola, golpeen a su vuelta mi tierno delirio.
Y surco los aires, salabre en mano, intentando enredar entre mis sueños, el cariño que papá siempre me tuvo.
