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La mariposa
Las tres y cuarto de la mañana. Permutaciones. Combinaciones. La tinta azul desliza fino y suave un reguero sobre el blanco papel que rasga el silencio nocturno. 5,7. No puede ser. Lo he calculado y repasado mil veces. La mariposa comienza a chisporrotear como si también estuviera harta de verme dar vueltas una y otra vez, garabateando sin atinar con la magistral fórmula. Los ojos del santo, cuya estampita preside el improvisado altar en la mesa de escritorio, sobre el libro de matemáticas de tercero de B.U.P., apenas pueden, entre parpadeo y parpadeo, fingir un ademán de anímica derrota que sabía seguro cuando mamá colocó el pequeño cuenco frente a él, lo llenó dos terceras partes de agua, vertió un estudiado chorro de aceite, depositó delicadamente el minúsculo círculo de corteza de corcho recubierto de igual diámetro de papel, con un trozo de mecha parafinada en el centro que, tras arrastrar silenciosamente la cabeza de la cerilla contra el amarronado envés de la cajita, prendió suavemente antes de decir: me voy a la cama; suerte con el examen mañana.
